Opinión

Hay que empezar a dar la cara

Hay que empezar a dar la cara

Con cierta frecuencia me dicen algunas personas que soy valiente al escribir algunos de los artículos y columnas que escribo. Pero ya  es hora de que el personal hable menos y actúe más, que me acuerdo de esas manifestaciones en las que los protagonistas les gritan a los mirones de las aceras, “no nos mires, únete”.

¿Acaso el personal se cree que yo escribo lo que escribo por gusto, por valentía, por transgredir, por fastidiar? Primero, no es nada valiente lo que escribo, me callo muchas cosas que me dan ganas de contar y bastantes calificativos que no lanzo por  una cierta deontología de la vida. Yo podría decir que valgo más por lo que callo que por lo que hablo.

Segundo, intento hacerle caso a mi muy citado Balzac y no escribir todos los días el mismo artículo. Tercero, soy una persona que reflexiona libremente, probablemente tendría mucha consideración si me apuntara a varias cofradías, bailara sevillanas, hiciera el camino del Rocío y fuera a los saraos sociales de la ciudad. Todos los días me llegan invitaciones por email y acudo a pocas, en casi todas me quieren hablar de lo mismo. Y como sé por experiencia que, hasta el momento, en todos estos encuentros transmiten las mismas simplicidades adoctrinadoras, las mismas verdades a medias, no pierdo el tiempo en hacer bulto y relaciones externas.

Podría adoptar el carné de este u otro partido con solera y/o influencia y ramificaciones y ya está, lo mismo acabo de tertuliano y me caerían premios de vez en cuando, unas distinciones derivadas de vender mi modesto saber a un sector social, todo lo que lograra tendría el mismo olor y eso me deprimiría bastante. A cambio de un plato de lentejas, por lujoso y abundante que fuera, mi mucho o poco talento quedaría hipotecado como mi casa. Probablemente con ese comportamiento de listo liquidaría tal hipoteca a cambio de perder el alma y de traicionarme. Puede que sea un imbécil y un idealista, pero, como decía Paco Martínez Soria en la película LA CIUDAD NO ES PARA MÍ, puedo dormir en la cama con una pierna estirada para un lado y la otra para otro.

La diferencia es que yo vivo con cierto miedo, lo confieso, en esta dictadura silenciosa y sutil, no es exagerado ni patológico mi temor, pero ir contracorriente no resulta agradable. Y menos agradable lo es aquí, en esta comarca, tan insolente aún. Por eso animo a mis animadores a que píen menos y actúen más. Cuando hace ya bastantes años leí la poesía de Bertolt Brecht se me quedaron unos versos grabados: “si los que viven abajo no piensan en la vida de abajo, jamás subirán”. No tengo problemas para llegar a final de mes, pero no me gusta lo que veo, no soy perfecto y acaso no pueda tirar la primera piedra. Hago lo que puedo y eso exige apuntarme a no dejar de usar la palabra que es lo que me distingue de los jaleadores. Gracias por alabarme, pero más actividad, creo que la gente ignora el poder que tiene si de verdad levantáramos la democracia en lugar de este remedo, cosa incompatible con el humano. De momento.