Pepelu Grima
Nos hablaba Joseph Campbell en su obra del poder del mito más allá de historias contadas, sino como una necesidad inherente a la condición humana que venga a arrojar luz en nuestros mapas psicológicos. Faro guía para sentirnos anclados en algo de realidad en esta vida tantas veces cargadas de sinsentido. Una lucecita, pequeñita pero firme, que nos ilumine. Y en los mitos están los héroes. Y también los antihéroes. Estos, por otro lado, nos resultan tan atractivos porque, a fin de cuentas, no dejan de reflejar nuestra propia existencia.
Cada uno elige a sus héroes. Hay muchos que los encuentran en un campo de fútbol y lo sienten palpitar al corear su nombre al unísono desde las gradas. Para otros, el arte en general, y la música en particular, es el elemento que reina e impregna todo lo que acontece en sus vidas. Para algunos de esos muchos, la música se convierte en algo casi patológico y no podemos concebir la vida sin ella. Siendo así, es fácil entender que sus máximos representantes se nos antojen héroes.
Y la pérdida de estos referentes deja un inmenso vacío difícil de superar. Por suerte, queda la obra. Y en ella nos refugiamos. Y, con la misma suerte, nos quedan otras almas cortadas por el mismo patrón y así construimos una comunidad donde guarecernos y darnos calorcito humano compartido.
Se fue el Robe y con su muerte las muestras de profunda admiración y afecto no han dejado de verse por doquier, supongo que para asombro de tantos y tantas que no esperaban tal repercusión viniendo de este señor tan malhablado. Lo bueno de esto es la oportunidad que les ha brindado para descubrir su obra.
Siendo así todo lo anterior, tocaba hacerle un homenaje aquí, en nuestra ciudad,. Y, en concreto, en el garito donde más veces ha sonado su música. El bar nuestro de cada día. Ese bar que desde hace 25 años apuesta por la cultura en una ciudad demasiadas veces necesitada de ella.
Con pocos medios y pretensiones hemos venido trabajando con todo el amor que hemos sabido dar para estar a la altura de lo que así entendíamos tenía que ser. Por desgracia, Robe es muy grande y el Café Teatro muy pequeño, y la previsión de querer acudir nos hacía temer lo peor, motivo por el cual tuvo que sacarse una entrada de aporte mínimo con el único objetivo de poder controlar el aforo. Todo lo destinado ha ido a parar a la Asociación Apropadis 2.0, que visibiliza y apuesta por la integración de las personas discapacitadas de nuestra ciudad.
Así, los afortunados que ayer día 24 estuvimos en el Teatro pudimos compartir, de la forma más íntima y sentida, un paso de su legado a lo largo de 4 horas que a nadie se les hicieron largas. Emoción a flor de piel con el talento y la magia de todas y cada una de las personas que, por aquel pequeño escenario (o desde abajo del mismo), pasaba: guitarras, violines, clarinetes, voces, algún cajón o algún bajo.
Unos cuantos jubilados se entremezclaban con chicas y chicos de instituto estrenando la adolescencia. Entre el intimismo y el desenfreno de los himnos, el público presente respetaba o coreaba a grito pelado según ese ente único que por unas horas fuimos consideraba que tocaba. Lágrimas, anécdotas, recuerdos, amistades y mucho amor afloró desde lo más profundo del alma del Café Teatro. Será que el bueno de Robe nos aseguraba que todo tenía que ir bien.
Una vez más, el gran Tomoyuki inmortalizó con su mirada lo que allí pasaba. Hoy, podemos devolver un poco del amor que durante tantos años nos regaló, y nos vamos con el corazón más calentito a la cama.
¡¡¡Gracias a todos y a todas por tanto!!!!